En Bolivia quizás muchos no lo recuerden o no quieren acordarse, pero su historia es impresionante. Durante la repesca ante la Verde, un gol del experimentado Aymen Hussein metió a Irak en el Mundial cuatro décadas después de su última aparición, precisamente en México 1986. Abu Tubar (El hombre del hacha), así le apodan en su país, merecía tal honor: a sus 30 años, lleva mucho tiempo siendo el líder deportivo y también emocional de una selección que se ha reconstruido muchas veces hasta alcanzar la clasificación.
Después de tres lustros buscándose la vida y las redes por equipos de su país, Túnez, Marruecos y sobre todo Qatar, Hussein volvió el verano pasado a la Iraq Stars League, al Al Karma, y el nombre casi parece una premonición: el destino, aunque solo sea futbolísticamente, le ha devuelto un poco de felicidad a su historia de pleno sufrimiento. Al Karma pagó por su traspaso unos 1.250 millones de dinares iraquíes (más de 800.000 euros), un récord dentro del país. Es el gran ídolo, y así también se demuestra.
Nacido en Al-Safra, una pequeña localidad en la conflictiva provincia iraquí de Kirkuk, Hussein creció entre atentados y violencia cotidiana tras la última invasión estadounidense, la de 2003. Su padre, oficial del ejército, acabó asesinado por Al Qaeda al negarse a abandonar las fuerzas armadas. En 2014, apenas seis años después, el Estado Islámico (ISIS) secuestraba a su hermano, también militar.
“Llamamos a nuestro padre para pedirle algo de la casa. Alguien contestó y nos dijo que estaba en el hospital. Al principio no lo creí”, recuerda el héroe iraquí de manera recurrente, pero siempre con lágrimas en los ojos. Años después, su hermano mayor había adoptado el papel de sostén de la familia. Pero también terminó en las redes terroristas. “Mi hermano se hizo cargo de nosotros después de que mi padre muriera como un mártir. Un día, el ISIS entró y lo secuestró. Minutos después, nuestra casa fue bombardeada y quedó completamente destruida. Y desde entonces no sabemos nada mi hermano”, confiesa Aymen.
Corpulento (1,90) y eficaz en el área, Hussein ha construido su carrera con más perseverancia y sacrificio que talento. Desde muy abajo, en equipos regionales, hasta que Túnez, el CS Sfaxien, le ofreció su primer gran salario. Luego ha pasado por casi otra decena de clubes norteafricanos y de Oriente Medio, algunos tan históricos como el Al Jazira emiratí, el Raja de Casablanca o el Al Wakrah de Qatar.