Por: Asier Ventura UFC 318 no fue una noche cualquiera. Fue la última vez que Dustin Poirier, 'The Diamond', pisó el octágono. Lo hizo como vivió toda su carrera: con el corazón por delante, enfrentando a Max Holloway en una guerra de cinco asaltos por el cinturón BMF. Aunque la victoria fue para Holloway por decisión unánime, el resultado fue lo de menos. Esa noche se trataba de cerrar un ciclo. Poirier, de 36 años, eligió despedirse en casa, en Nueva Orleans, rodeado de su gente y ovacionado por un público que no lo olvidará. Entre lágrimas, recibió cartas de familiares, amigos y colegas. Sabía que estaba escribiendo su última página en la jaula, pero lo hizo como siempre: de pie, golpeando hasta el final. Con un legado construido sin cinturones lineales pero con guerras inolvidables contra McGregor, Gaethje, Hooker o Khabib, Poirier se retira como uno de los peleadores más queridos y respetados del deporte. No fue el más dominante, pero sí uno de los más humanos, con caídas, redenciones y un corazón que nunca negoció. Tras el combate, dijo que no quería terminar arrastrándose, sino retirarse con dignidad y salud. Y lo logró. Se va entero, pero con el alma marcada por cada golpe, por cada round, por cada ovación. Dustin Poirier no necesitó un cinturón dorado para brillar. Se ganó algo más raro en este deporte: el respeto de todos.
