Nadie podía imaginar que 2020, un año que empezó de maravilla para Novak Djokovic, con sus títulos en el Abierto de Australia y Dubái y una racha de victorias consecutivas que se ha detenido en 26, podría torcerse de una manera tan abrupta con su expulsión del Abierto de Estados Unidos por pegarle un pelotazo, de manera involuntaria pero improcedente, a una juez de línea. Aunque en realidad puede decirse que los males del serbio habían comenzado antes y que, definitivamente, la pandemia del coronavirus no le ha sentado nada bien. Durante el parón, Djokovic se entretuvo manteniendo conversaciones por vídeo, en ocasiones públicas, con otros jugadores, deportistas y personajes diversos de su rico mundo interior, que incluye la meditación, el veganismo, la holística y una opinión contraria a la vacunación, cuya exposición le acarreó muchas críticas tanto en el entorno del tenis como fuera de él. Una vez pasado el confinamiento, ‘Nole’ se saltó las normas en Marbella para entrenarse en el Club Puente Romano, cuyos responsables se disculparon por permitir esa sesión por una errónea interpretación de las restricciones gubernamentales. El balcánico lo publicó, orgulloso, en las redes y se llevó más palos. Después, en junio, se destapó la caja de los truenos con su regreso a Serbia. Allí, en un país que no había sido tan afectado como otros por el Covid-19, Novak repartió abrazos a destajo, se juntó con otros deportistas en diversos actos y acudió a fiestas antes de montar una gira benéfica desastrosa que se llamó Adria Tour. Con público en las gradas, sin mascarillas ni otro tipo de precauciones, Djokovic se destapó y generó polémica, porque había sido contagiado, probablemente durante el homenaje a un entrenador de baloncesto, y pudo transmitir el virus a otras ocho personas: su esposa y su preparador físico, Grigor Dimitrov y su entrenador, Borna Coric, Viktor Troicki y su mujer, y Goran Ivanisevic. Asociación de jugadores En lugar de concentrarse completamente en su regreso al circuito, que tuvo lugar de manera exitosa en el Masters 1.000 de Cincinnati, donde levantó su tercer título del curso, Djokovic gastó energías en poner en marcha y anunciar la creación de una nueva asociación de jugadores, la Professional Tennis Players Association (PTPA), al margen de la ATP (ha abandonado la presidencia del consejo de jugadores) y criticada por todos los órganos de gobierno del tenis, además de por dos de sus grandes estrellas, Rafa Nadal y Roger Federer. Algunos, como el ruso Rublev, dicen que no cuenta con demasiado apoyo, aunque el de Belgrado quiere aliarse también con las mujeres y cuenta ya con el beneplácito de Serena Williams. Recordemos también que Djokovic alzó la voz y salió en defensa de Hugo Dellien y Guido Pella porque los organizadores del Masters de Cincinnati decidieron excluir al boliviano y al argentino debido a que su preparador físico dio positivo por coronavirus. Y el domingo llegó su momento, sin duda, más amargo, con esa descalificación en Nueva York que le mantiene con 17 títulos de Grand Slam y le deja, de momento, sin poder acortar la diferencia con Nadal (19) y Federer (20). Sin el público que a menudo le incomodaba en las gradas del Arthur Ashe, perdió los nervios como tantas y tantas veces en su carrera, sobre todo hace unos años, antes de que se refugiara en la meditación, el yoga y otras técnicas de control, aceptación y relajación. Está arrepentido y en redes sociales dijo que esperaba convertir todo esto en una lección para mi crecimiento y evolución como jugador y ser humano. Habrá que seguir con atención sus próximos pasos. Probablemente, se le volverá a ver dentro de poco, en Roma, y después en Roland Garros si no hay sorpresas.
