Bolivia vuelve a mirar al horizonte con la misma ilusión que alguna vez la llevó a tocar el cielo. Aquella gesta de las Eliminatorias de 1993 rumbo al Mundial de Estados Unidos 1994 no fue solo un logro deportivo, sino una conquista colectiva que marcó a toda una generación. Nombres como Milton Melgar, Marco Etcheverry, Erwin Sánchez, Julio César Baldivieso, Carlos Borja, William Ramallo y Juan Manuel Peña, bajo la conducción de Xabier Azkargorta, quedaron grabados en la memoria nacional como los protagonistas de una hazaña irrepetible… hasta ahora.
No fue casualidad. Aquel equipo estuvo respaldado por una dirigencia sólida, con figuras como Guido Loayza y Walter Kreidler, que entendieron que el fútbol también se construye desde la institucionalidad. Bolivia no solo clasificó: se ganó el respeto del mundo.
La actual selección ha logrado instalar nuevamente la esperanza en el corazón del país. Miguel Terceros, Robson Matheus, Gabriel Villamil, Ramiro Vaca, Fernando Nava, Carlos Lampe, Luis Haquín, Guillermo Viscarra y Roberto Carlos Fernández, entre otros, han devuelto la competitividad a la Verde y la han colocado a las puertas de un nuevo desafío: el repechaje mundialista.
En este proceso, el trabajo de Óscar Villegas también merece una lectura justa. Más allá de debates tácticos o decisiones puntuales, el equipo ha mostrado un juego y una evolución que lo ha llevado a estar a dos partidos de la historia. En el fútbol, los resultados suelen ser el juez más implacable, pero también el más claro.
Sin embargo, no todo es celebración. La posibilidad de una nueva clasificación contrasta con una realidad estructural preocupante. La dirigencia del fútbol boliviano sigue siendo blanco de cuestionamientos constantes por la precariedad del campeonato local, la falta de planificación y la ausencia de un proyecto sostenido.
Porque si Bolivia vuelve a un Mundial, será, como ya lo fue en 1993, por el talento, el compromiso y el carácter de sus jugadores y cuerpo técnico. Será el triunfo de la cancha sobre el escritorio, del esfuerzo sobre la improvisación.
Hoy, el país vuelve a soñar. Y en ese sueño bendito, el fútbol boliviano tiene una nueva oportunidad de reconciliarse con su historia… y de escribir, por fin, una nueva.
